(CONTINÚA DE AQUÍ)
El Oriente nunca fue plato de buen gusto. Pocas personas ajenas a ese lugar se habían acercado a conocer aquello. La mayoría de los que lo hicieron acudieron por dos motivos: algunos buscaron aventura, el valor otorgado por una sociedad externa que recibía con honores a quien osara pasar un tiempo por allá; otros quisieron hacerse ricos y construyeron fortalezas para que nada de ese lugar entrara en sus burbujas. El contacto siempre fue de paso, con escrúpulos.
Hace 40 años abrieron el primer pozo en la zona. Desde que las máquinas empezaron a funcionar un ruido diferente sonaba en las oscuras noches de la selva. Ahora ya no cantaban los insectos, ya no gritaban los monos… ahora eran grandes maquinas. El chasquido de las ramas a su paso sonaba a un futuro incierto. Los acontecimientos se sucedieron rápidos, concatenados como guirnalda decorando un árbol de navidad. Los pozos dieron paso a la colonización, la colonización a los centros urbanos, carreteras, servicios, comercios… De igual modo el avance de los acontecimientos fue mezclando logros y pérdidas, desvíos y curvas en el hasta entonces natural paso del tiempo.
La lluvia golpeaba el tejado de zinc, a ratos el ruido resultaba molesto. La humedad había humedecido las hojas del cuaderno hasta hacer que la tinta traspasara varias páginas. Rasgó unas cuantas, hizo una pequeña bola y la lanzó al cubo de la basura. Siempre se quedaba pensando en los próximos pasos que debiera dar. Chupaba el bolígrafo y lo mantenía entre los dientes mientras sus ojos se perdían en el dibujo de las baldosas. Buscaba respuestas, dejaba fluir las ideas tratando de hacerlas tomar partido en la historia que pretendía contar. ¡Qué torpe! –se dijo a si mismo.
(continuará...)



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